Un espía del CNI lo novela desde dentro: «Te cambia la personalidad»

María Traspaderne

Madrid, 4 oct (EFE).- No se llama Pablo Zarrabeitia. Habla pausado, tranquilo y sonríe. Responde con preguntas las que no quiere contestar y no mira, escruta. Es el primer miembro en activo del CNI que se ha atrevido a novelarlo y el resultado, «El alma de los espías», consigue lo que quería: dar voz a las emociones de un agente secreto.

La entrevista con Pablo transcurre una tarde en un hotel de Madrid, sentados alrededor de una mesa apartada y casi en susurros. Una década le ha llevado acabar el libro, de la mano de la ex número dos del CNI Elena Sánchez Blanco, que buscaba allá por 2010 maneras de dar a conocer «el Centro».

Precisamente ella escribe su prólogo, para dar fe de que detrás del pseudónimo de Pablo Zarrabeitia hay alguien del CNI, porque «como miembro del servicio no puede presentarse a sus lectores». Es, dice Sánchez Blanco, un «tributo y homenaje» a los «artesanos de una profesión que implica, como poco, no poder decir toda la verdad a quienes te rodean».

De Elena habla Pablo con cariño, y Helena es el nombre de una de las protagonistas de la novela, que gira en torno a la caza de un topo inspirada en uno real: Roberto Flórez, condenado en 2010 a 12 años de cárcel por filtrar información a los servicios secretos rusos.

Pablo ha elegido su historia para contar qué es ser espía y novelar, de paso, cómo se vivieron desde el CNI acontecimientos como los atentados del 11-M en Madrid. Leyéndola se aprende quién es «Madre», qué es «la doctrina» y por qué los servicios secretos se mueven con los códigos de la mafia.

El resultado de este libro autoeditado a la venta en internet es una trama ágil y unos personajes creíbles, apasionados con lo que hacen y abocados a una vida de «servidumbres» a menudo solitaria.

Pregunta.- «Hagáis lo que hagáis, conservad el alma». El libro empieza con esta recomendación de Madre a los recién ingresados. ¿Los espías pierden el alma?

Respuesta.- Es un estereotipo que se repite mucho: el espía sin alma, el tipo desalmado que puede hacer cualquier cosa de manera fría. Y es todo lo contrario. A lo largo de nuestra carrera hay muchas veces en las que se nos pone a prueba, que alguien te amenaza o tienes que tomar una decisión difícil. En esa encrucijada tienes que echar mano de tus convicciones. Normalmente los miembros del CNI son gente con convicciones muy profundas.

P.- ¿Pero un servicio secreto te cambia?

R.- Te cambia la personalidad. Cuando entras no estás entrando en un trabajo normal, estás eligiendo una forma de vida. Estás asumiendo una serie de servidumbres que impiden que seas la misma persona que eras antes. El trabajo te va moldeando y afecta a tu manera de ser, afecta mucho a tu entorno y a tu vida social.

P.- Habla del CNI como «una isla al margen de la sociedad». ¿Tanto aísla?

R.- De manera natural empiezas a empatizar más con la gente que tiene esa forma de vida. Y eso te aleja de los que tienen otra. Ocurre en todos los servicios de inteligencia, va creando un mundo con unas dinámicas distintas del resto de la sociedad. Podríamos decir que hay un alma del CNI.

P.- El primer miembro en activo del CNI en novelarlo. ¿Espera críticas de dentro?

R.- Cada uno tendrá su opinión sobre la novela. Yo lo que he intentado es relatar emociones y sentimientos de la gente de dentro que ellos no tienen la oportunidad de transmitir. Darles voz. Por eso he dedicado la novela a todos los miembros del Centro, incluyendo a los del CESID. Porque ha habido mucha gente que ha hecho muchas cosas heroicas y que nunca ha tenido voz.

R.- ¿Hay que hablar más del CNI?

P.- Respecto a los países anglosajones, y más recientemente a Israel, ha habido un déficit de contar lo que hacen, cómo sienten y quiénes son los espías españoles. Los miembros del CNI no son ni mejores ni peores que los de los servicios británicos, americanos o rusos, y hablo con conocimiento de causa porque he trabajado con la mayoría de servicios del mundo.

P.- Cuenta en la novela que el 11-M, a la una de la tarde en el CNI se daba por hecho que los atentados de Madrid eran yihadistas.

R.- El libro trata acontecimientos históricos y está inspirado, que no basado, en hechos reales. El lector es inteligente y entenderá cuál es un hecho real y qué es ficción.

P.- ¿Cómo se vive desde dentro la política?

R.- Tenemos todos muy claro que servimos al Estado. Cada uno en su fuero interno tiene su propia ideología, pero muy por encima de eso trabajas para un Gobierno y para el siguiente. Hay unas reglas del juego y cuando entramos dejamos muchas mochilas detrás. Una de esas mochilas es la ideológica.

Un chico con un portátil lleno de pegatinas se sienta en la mesa de al lado. Instintivamente, Pablo le mira y recela. Mecanismos integrados en este hombre de entre 40 y 45 años que lleva unos 17 en el CNI, donde entró casi por casualidad, asegura.

P.- En el libro dice que ser espía es adictivo. ¿»Droga» de la buena o de la mala?

R.- De la buena desde el punto de vista profesional y de la mala desde el personal. La sed de conocimiento nunca se agota, siempre hay algo más que investigar, alguna tecla más que tocar, una llamada más que hacer. Y sin embargo muchos tenemos familias que se sacrifican para que hagamos esa llamada de más. Es adictivo y tiene que ver con el mundo de los secretos. Los secretos tienen mucho poder de atracción, conllevan muchas responsabilidades pero al mismo tiempo resultan muy tentadores. Es muy difícil mantener el equilibrio, que es lo que pasa con algunas drogas.

P.- Una y otra vez habla de la soledad del espía. ¿Están condenados a estar solos?

R.- No necesariamente, pero sí corres el riesgo. Es una forma de vida demasiado adictiva y cuando desaparece no pierdes solo tu trabajo, pierdes tu entorno, tu motivación, y es posible que te quedes solo. Además hay muchísimas horas de soledad, sobre todo los destinados fuera. Tienes que aprender a convivir con la soledad.

P.- Cuenta en la novela que en el CNI «nadie dice lo que piensa y todos piensan demasiado lo que dicen». Se me ocurren mejores ambientes laborales…

R.- Es un sitio muy peculiar. Es la cultura del secreto, de la protección celosa de la privacidad. Al final, la costumbre de no exponer tus sentimientos y conservar tu vida privada te hace bastante desconfiado. Tenemos la típica broma de que dos se encuentran por el pasillo, uno pregunta «¿como estás?» y el otro responde «¿por qué me lo preguntas?». El trabajo se mete en tu forma de vida y eso hace que pienses mucho cualquier cosa que vas a decir y que seas muy reacio a exponer tu intimidad.

P.- Pero también afirma que es un mundo endogámico.

R.- Porque al final son gente normal que hace cosas extraordinarias y busca sus válvulas de escape. Vives situaciones límite, de mucha presión, en las que nadie te entiende salvo la persona con la que estás trabajando. Y eso te lleva a las relaciones internas, bien sean de amor o de amistad.

Para desconectar del trabajo, Pablo viaja y su pasión son los animales, sobre todo los «raros». En su busca recorre continentes. Escribe desde niño, pero cuando devoraba novelas de aventuras nunca se imaginó, confiesa, que tendría una vida «de película».

P.- ¿Realmente es así su vida?

R.- No todo el tiempo, pero hay cosas que son más increíbles de lo que se ve en las películas. No me refiero a efectos especiales, ni persecuciones y demás, pero en mi carrera me he visto en unas cuantas situaciones que nunca hubiese pensado que podrían pasarme.

R.- ¿En alguna pensó «de aquí no salgo vivo»?

R.- En varias. Hubo una que estaba en Afganistán y escribí un «e-mail» a uno de mis mejores amigos con una carta que tenía que entregar a mi familia si ese día no acababa bien. Y por suerte no solo acabó bien, sino que ese día el CNI salvó mucha vidas.

P.- ¿Y cómo se siente uno sabiendo que puede morir?

R.- Se plantean muchas cosas: «¿Realmente era necesario que yo estuviese aquí?», «realmente voy a hacer esto?», «¿puedo echarme para atrás?». Es donde tienes que echar mano de lo más profundo y decir: «Sí, lo tengo que hacer, porque alguien tiene que hacerlo». Sufres, pero es ahí donde recurres al alma de los espías. EFE

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